martes, 3 de enero de 2012

"Entre sombras y melodías"


Mi muy especial tributo a un hombre, una vida y un amor inmensos como el sol...


Es curioso cómo la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, de forma irónica en mi caso, ya les contaré porqué, mientras tanto, comenzaré por decirles que no hay forma en que haya aprovechado mejor mi juventud, la flor de la vida: “¿Qué tanto hiciste?”, me preguntan, “¡Qué no hice!” les contesto yo. Un poco de todo, siempre cuidando mantenerme dentro de los parámetros del buen comportamiento de acuerdo a mi Fe, tan sólida como una roca durante toda mi vida.
Fue la música el centro de mi adoración, sin embargo, no el único, desde muy joven me enamoré de ella y quedé prendado de su magia y su luz, mi mayor conexión con el mundo real, en medio de un mar oscuridad. Por eso, este viejo radio se ha convertido en mi compañero, tanto así que hasta mi Lolita se encelaba de él, porque lo llevo a todas partes, como a mis brazos, como a mis piernas: “¿Qué quieres que haga corazón?”, le decía, “si es mi única entretención diaria y lo que más amo en este mundo, después de ti, obviamente”. Cuando estoy a solas con él, me envuelven los recuerdos de grandes momentos, de todo lo que hice, y que me he de llevar cuando llegue mi hora.
La vida inició para mí en Tuxpan, Michoacán, un pequeño poblado cercano a la gran capital: Morelia, en la primera década del siglo 20. Durante mi adolescencia supe perfectamente acoplarme a las actividades familiares y sacarles provecho, de cada una obtuve una valiosa enseñanza.
No voy a negar que el arte fluía fuertemente en mis venas, de hecho, esta inquietud logró llegar a mis hijos, nietos, y bisnietos a través de la magia genética. Claro que para el momento en que yo la descubrí, no tenía idea de cómo afectaría a mi descendencia.
Fue en Morelia donde decidí estudiar en el conservatorio de música, poco a poco me enamoré del sonido de la guitarra, del órgano, veía mi vida transcurrir a través de las notas musicales, un trayecto feliz y armonioso que se vio interrumpido por la negativa de mis padres: “¡Un hijo músico!, ¿cómo va a ser?, ¡si todos son unos borrachos, mal vivientes!”.
Justo ahora que escucho “El Fonógrafo: Música ligada a tu recuerdo”, me pregunto cuán diferente habría sido mi vida de no haber dejado mis estudios musicales. Pero el deber es el deber, así que tuve que dejar la pasión a un lado, ya no hay reproches que valgan por el momento.
En fin, fue por aquellos años mozos cuando también decidí abandonar mis aspiraciones sacerdotales, muy a pesar de mi amor por Dios, muy a pesar de mis arraigados valores católicos, la vida en la Iglesia no era para mí; prefería una esposa de carne y hueso, e ir a misa cada domingo.
Yo sé que con estas palabras no suena tan romántico, pero en verdad lo fue. ¿Cuántas pasiones tiene un hombre a lo largo de su vida?, bueno, ya les hablé de una, la primera en ser descubierta por mí, pero no por eso la más importante. Fue en una de esas visitas familiares que yo realizaba a mi pueblo natal, en uno de esos momentos donde la vida te pesca por el cuello con la defensa baja, yo ni me acuerdo bien qué hacía o qué pasaba a mi alrededor, sólo sé que la vi, la descubrí allí ante mis ojos, y no supe qué fue de mí después.
María Dolores, vivía en un rancho cercano y visitaba ocasionalmente el pueblo, ¡qué coincidencias de la vida! Pero llegar a ella no fue tarea fácil, oh no. Primero, tuve que disuadir el esperado compromiso que mi familia ya tenía en mente desde hacía tiempo atrás, con aquella chica adinerada, linda, sí, pero no tanto como mi Dolores, ¡creerán que ya ni me acuerdo cómo se llamaba! Pero bueno, no iba a permitir que me quitaran la oportunidad de elegir una vez más.
Lolita no me creyó cuando le dije: “Voy a terminar mis estudios a Morelia y regresaré por ti”, ni con todo y mis visitas semanales, ni con todas las cartas que nos escribíamos…Ella siempre se mantuvo escéptica, al igual que su padre, quien me puso mala cara la noche que el cura del pueblo y yo la fuimos a pedir. “Mire señor cura, aunque fuera el mismísimo rey de España, no es lo suficientemente bueno para mi hija”.
El tiempo demostró lo contario. Aunque tuvimos una boda austera, por culpa de la guerra cristera: sin vestido blanco, sin iglesia, sin fiesta, eso no hace justicia a nuestras décadas juntos.
Fueron más de cincuenta años de felicidad, eso no lo he dejado de repetir cada día de mi vida. Yo creo que hubiéramos llegado a los sesenta, setenta, cien, si acaso Dios así lo hubiera dispuesto.
Sin embargo, entrelazados en la felicidad vienen los retos, las rachas difíciles. De los diez descendientes que tuvimos, solamente siete sobreviven hasta este día. Dicen que los hijos deberían enterrar a sus padres y no al revés; pero Lolita y yo tuvimos que sepultar a dos niñas y un varón. “Ya no bebas tanto”, le decía yo a mi hijo, Valo, pero no quiso hacerme caso.
Después de pasar por Zitácuaro, llegamos al Distrito Federal, aunque ya solamente con nuestros cuatro hijos más pequeños, con quienes pude disfrutar de las luces de la ciudad, las escaleras eléctricas, los escaparates tan elegantes, los desfiles, los museos. Quizás esos fueron los años más felices de mi vida. No vivíamos con lujos, pero bien podría decir que lo teníamos todo.


¿Dónde quedó la música? Aquí, a mi lado, durante todo ese tiempo estuvo conmigo, con mi familia, cuando tocaba el órgano o la guitarra mientras Lolita cantaba y los muchachos la seguían, cuando comíamos en compañía de la radio, en la televisión cuando sintonizaba los pocos programas musicales que había en ese entonces.
Fue en medio de aquellos años, cuando la oscuridad me atacó de forma inesperada y paulatina. Una enfermedad rara, diagnosticada como “maculopatía degenerativa”. Tardamos tanto en dar con el diagnóstico, doctores y estudios, una y otra vez, fue como una pesadilla que algunas veces prefiero olvidar. Afortunadamente, para ese entonces mis hijos ya tenían sus carreras, sus trabajos, algunos sus familias; y por eso ya no tuve que preocuparme, fueron ellos quienes tuvieron que sacarme adelante en esa ocasión.
Han sido cerca de treinta años los que he tenido que pasar a oscuras. Por lo que, me las he tenido que arreglar como Dios mejor me ha dado a entender, con los sentidos que me quedan. Por supuesto, ahí siempre estuvo Lolita, mi luz, mi amor, quien caminó junto a mí, siempre ayudándome, pobrecita, trabajó tanto… no alcanzaría todo lo que hice en la vida para agradecerle, la dedicación que me tuvo hasta el último momento. Ella fue la extensión de mis ojos.
Y por otro lado, la música. Sí, si la música, mi otra compañera de vida hablara, quizá les contaría mejor esta historia que yo mismo. Primero, a través de mi viejo radio, y después, a través de esta modesta grabadora portátil que mis hijos me regalaron cuando el viejo radio me puso un alto y me dejó muy claro que ya había sonado lo suficiente. Es la música la única que me ha acompañado desde muy joven, y me consuela hasta hoy cuando me quedo solo, cuando tomo la siesta o me sumerjo en mis pensamientos. Cuando la casa donde habito, por el momento, queda vacía. Cuando mis hijos y mis nietos se van. Es en ese instante que ella me toma en su caudal y yo me siento libre, me olvido de los horrendos achaques de la vejez, puedo volver a atrás, recordar y decir: “Sí, lo hice bien. Estoy satisfecho”.

EJSL

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